domingo, 20 de mayo de 2018

Organizado por el Instituto de Estudios Campensinos (ISEC), de la Universidad de Córdoba, el Observatorio de Soberanía Alimentaria y Agroecología (OSALA) y el Grupo de Investigación en Economía Ecológica, Agroecología e Historia (GIEEAH), de la Universidade de Vigo, se celebrará los días 30, 31 de mayo y 1 de junio, en la ciudad de Córdoba, España.

Tiempos de crisis ambientales, políticas y sociales. Tiempos donde la alimentación, las tierras y la biodiversidad es acaparada y gobernada por un mercado globalizado. La agroecología, como paradigma científico y como filosofía de acción, pertenece al campo de las alternativas para construir otros mundos: más sostenibles, más justos, más próximos a una soberanía alimentaria.

Por eso la agroecología no puede ser solo una técnica o un método de producción a intensificar. Tampoco puede encerrarse en un sello de certificación para mercados y consumos llamados “ecológicos”. Sin embargo, el concepto de “agroecología” empieza a ser cooptado por organizaciones internacionales, instituciones académicas y políticas públicas que lo utilizan sin alterar el marco (insustentable) de la “globalización alimentaria”. Se pierde su contenido profundo (social, ambiental, político). Se asume como un proceso técnico y de gestión de nuevos mercados agroalimentarios. En las revistas científicas la “agroecología” empieza a ser encerrada en una visión parcial y cada vez más purificada desde la “objetividad” y la “neutralidad”. La “agroecología científica” se hace cada vez más autorreferencial y alejada de los procesos socioambientales en los que se pelea para defender la vida frente a la agricultura expoliadora del capitalismo.

Por eso, tenemos una necesidad de repolitizar la agroecología, de reivindicar la toma de partido en la lucha por la vida desde procesos colectivos, emancipadores y sustentables. Reivindicar las rebeldías frente a la globalización de hambrunas y malnutriciones, la concentración de poder en manos de las transnacionales, los ecocidios y los epistemicidios. Reivindicamos por ello las luchas por el territorio, la demanda de una soberanía alimentaria, el derecho a la alimentación, tal y como realizan movimientos sociales campesinos, indígenas o aquellas redes que promueven un decrecimiento con criterio de justicia global. La lógica del libre comercio neoliberal sigue provocando hambre, dolor y destrucción; la concentración de poder desde las empresas de semillas, químicos biocidas y tecnología continúan su carrera de privatización y mercantilización de la vida; el acaparamiento de tierras en todo el mundo se enfrenta a la reivindicación desde la soberanía alimentaria de una reforma agraria integral; las condiciones de trabajo en el campo de locales y migrantes sigue siendo un horror social; el poder de la gran distribución pretende apoderarse de todos los mercados; las políticas públicas siguen rindiéndose a los lobbys de la industria; las mujeres en el medio rural siguen como subalternas de la subalternidad; etc. Desde La Vía Campesina en sus diferentes momentos históricos, foros de soberanía alimentaria, Nyelení o en la actualidad desde su VII Conferencia, junto con los movimientos afines, sigue denunciando y peleando por cambiar este modelo agroalimentario, al igual que todos los colectivos y experiencias que en los distintos territorios pelean por la soberanía alimentaria y la agroecología.

Entendemos que la agroecología es, sobre todo, una visión política para la construcción de nuevas sociedades para una urgente respuesta a los problemas que nos acucian globalmente. Nuevos mundos, a escala local y en un plano global, en los que pongamos la vida en el centro. El objetivo será poner en pie procesos que cuiden y sostengan cuerpos y territorios de forma sustentable. Donde

la producción, la distribución y el consumo de alimentos sean ambientalmente sanos, socialmente justos, económicamente viables, culturalmente apropiados, completos nutricionalmente, a través de sistemas agroalimentarios relocalizados. La agroecología es política, la agroecología es el camino para la construcción de nuestras soberanías alimentarias.

Apostamos por una agroecología que desafíe las explicaciones que el propio sistema agroalimentario especulativo y globalizado nos da sobre: el hambre, la pobreza rural, la malnutrición, el cambio climático o el consumo ecológico (como nicho de mercado). Para ello hay que seguir redescubriendo, acompañando y construyendo prácticas y experiencias agroecológicas en todos los rincones del planeta, desde la agricultura campesina y la agricultura familiar hasta los modelos de consumo y las culturas alimentarias sustentables. Apoyando alternativas que nos van articulando otros mundos: desde el intercambio de semillas de variedades locales entre agricultoras, hasta la defensa de alimentos justos y sanos; pasando por sistemas de certificación apropiados, circuitos cortos sostenibles y la defensa colectiva del patrimonio agrario; creando sinergias para una agroecología política.

Porque la agroecología es autonomía, es creatividad, es procesos colectivos, es cooperación social anclada en nuestros territorios. La agroecología es ciencia, es práctica y movimiento. Es suelo, granja y sistema agroalimentario. Es movimientos sociales y políticas públicas. Y tendrá que ser feminista o no será: debe abrazar la vida y dejar de invisibilizar a las mujeres y su papel en la reproducción de la misma; romper los moldes del patriarcado y sus formas de dominación sobre la naturaleza y sobre las personas; construir espacios y prácticas de igualdad, de empoderamiento colectivo, de libertad de decisión y de nuevas formas de valorar la vida desde economías feministas y economías ecológicas.

Por todo ello, estamos imaginando este congreso agroecológico como un espacio de encuentros e intercambios. Buscamos construir sinergias y alimentar apoyos entre el mundo académico, el político, el social y el conjunto de redes que parten de iniciativas concretas: nuestros grupos de trabajo estarán compuestos por integrantes de estos mundos; lanzaremos colectivamente reflexiones políticas sobre los grandes temas que nos preocupan y sobre las alternativas que queremos ayudar a construir. Pretendemos además permear con este color agroecológico a la ciudad de Córdoba. Para disfrute de todas las que venís de fuera y para que la gente de aquí redescubra otra nueva ciudad y otro mundo posible.

Desde el comité organizador os invitamos a participar en cualquiera de las opciones que os proponemos: tanto a través de los grupos de trabajo, presentando comunicaciones o póster, asistiendo a las ponencias y mesas redondas, a los distintos talleres con colectivos y experiencias, proponiendo y/o disfrutando de las actividades agroecológicas de ocio y culturales, y en todos los casos sumando ideas que alimenten este congreso.

El evento les esperará en Córdoba los días 30, 31 de mayo y 1 de junio de 2018 para compartir agroecología y también sabores, colores y calores andaluces.

¡Globalicemos la lucha, globalicemos la esperanza!

Por un mundo rural vivo.

sábado, 24 de marzo de 2018

lunes, 26 de febrero de 2018

Las zonas de sacrificio rurales y no metropolitanas de EE.UU.: suelo fértil para el populismo autoritario

Las zonas de sacrificio - lugares abandonados y económicamente destruidos - se están extendiendo en áreas rurales históricamente blancas y en pequeñas ciudades por todo Estados Unidos. La decadencia rural fomenta la política autoritaria regresiva.


"Estados Unidos se asemeja a dos países separados, uno rural y otro urbano", proclamó el analista político David Graham en un artículo de 2017 en The Atlantic. Al ver el mapa de los resultados de las elecciones presidenciales de 2016, es difícil evitar una conclusión similar. Donald Trump llevó más de 2,500 condados en gran parte rurales y Hillary Clinton, que ganó el voto popular, menos de 500 en su mayoría urbanas.

La tesis de los "dos países" hace eco de los estudiosos del desarrollo desigual que se remonta a décadas, desde el estudio de Michael Lipton sobre el "sesgo urbano" hasta el Worlds Apart de Cynthia Duncan y, más recientemente, The Politics of Resentment de Katherine Cramer. Ahora bien, con demasiada frecuencia, 'rural' se ha convertido en una sinécdoque para 'votantes de 'clase trabajadora' o 'blancos' simpatizantes de Trump',  - tergiversaciones que Samantha Bee demolió en hilarantes entrevistas en video con votantes de minorías de pueblos pequeños. De hecho, los votantes de Trump tenían un ingreso medio más alto que los votantes de Clinton, lo que refleja el respaldo entre los blancos ricos sin títulos universitarios, muchos de ellos dueños de negocios en los condados suburbanos.

Múltiples estudios apuntan al resentimiento racial como el más fuerte predictor de votar por el tipo de intolerancia, falso populismo y nacionalismo económico de Trump. La rabia racial se intensificó en el período previo a 2016 no solo porque EE. UU. tenía un presidente afroamericano, sino también por una descomposición acelerada de la vida comunitaria y los medios de subsistencia que muchos blancos temían reducir a lo que imaginaban como el nivel de negros y de otras minorías.

Se inspiró en un profundo pozo histórico de racismo arraigado y violencia anti-nativa y anti-negra. Estos blancos temían que la desesperanza y la decadencia de las "zonas de sacrificio" rurales y urbanas del país se estaban extendiendo. Chris Hedges describió las "zonas de sacrificio" como lugares donde "el mercado gobierna sin restricciones, donde los seres humanos y el mundo natural se utilizan y luego se descartan para maximizar los beneficios".

Transformaciones económicas y políticas
El privilegio blanco tenía muchas dimensiones: salarios dignos en el empleo mayormente industrial, pensiones definidas de beneficios, empleos aparentemente permanentes, pero estos comenzaron a desenmarañarse en los años ochenta neoliberales e implosionaron durante la Gran Recesión de 2008.

Los expertos y los medios no entendieron la enormidad de estas transformaciones porque muchos análisis fueron parciales, examinando las ejecuciones hipotecarias pero no la epidemia de opioides, la desindustrialización y el desempleo, pero no la desaparición de las instituciones financieras locales.

Tampoco lograron ubicar el declive estadounidense en una perspectiva global e histórica, y rara vez preguntaron por qué en una de las naciones más ricas las personas no disfrutaban del derecho a la salud o de una jubilación digna.

Después de mediados de los años setenta, los salarios se disociaron de las ganancias de productividad y se estancaron. A nivel internacional, el factor clave fue el colapso de mediados del decenio de 1970 del marco de Bretton Woods, que desde 1944 había promovido las economías nacionales protegidas y la posterior "apertura" de las finanzas y el comercio internacionales. A nivel interno, los ataques a los sindicatos, especialmente una vez que Ronald Reagan se convirtió en presidente en 1981, erosionaron aún más el poder de negociación de los trabajadores.

La desigualdad de ingresos y riqueza se disparó. Para 2016, el 63 por ciento de los estadounidenses no tenía suficientes ahorros para cubrir una emergencia de $ 500. Hoy, nueve millones tienen cero ingresos en efectivo. La división tenía una dimensión racial pronunciada. En 2014, la brecha de ingresos promedio entre los hombres blancos y negros, que se redujo considerablemente en 1940-1970, fue mayor que en 1950.

Un hallazgo sorprendente de Cramer's Politics of Resentment fue que los habitantes de Wisconsin rurales consideraban que la Gran Recesión de 2008 era "poco destacable". Ellos habían estado viviendo en una recesión por décadas. La precariedad económica de los estadounidenses de bajos ingresos es tal que el costo de una reparación de automóviles puede iniciar una espiral descendente que culmina en la pérdida de empleos e incluso la falta de vivienda. A nivel nacional, las ejecuciones hipotecarias residenciales - 383,037 en 2006 - aumentaron rápidamente, con alrededor de un millón cada año en 2009-2012. El impacto acumulativo fue devastador, ya que las familias se amontonaron para vivir entre parientes, quedaron en la calle o se mudaron a refugios.

Zonas de sacrificio rural
Algunas características de las zonas de sacrificio de EE. UU. son específicamente rurales. La década de 1980 presenció la peor crisis agrícola desde la depresión de los años treinta. Los costos del petróleo y los fertilizantes se dispararon, los precios de los granos subieron, las tasas de interés se incrementaron, las políticas monetarias intentaron frenar la inflación y se requirieron préstamos. La rápida consolidación de los proveedores de insumos y maquinaria, y el procesamiento, corretaje y exportación de productos básicos permitieron que un puñado de corporaciones gigantes se hicieran de una parte creciente del valor agregado total entre la puerta de la granja y el consumidor.

Los sobrevivientes de la década de 1980 sufrieron una segunda crisis en los últimos cinco años, después del final del auge de las materias primas de la década de 2000. En 2013-2016, los granjeros y ganaderos de EE. UU. experimentaron una disminución del 52 por ciento en el ingreso neto real de la granja, el mayor descenso de tres años desde la depresión de los años treinta. Más de la mitad de los hogares agrícolas ahora pierden dinero en la agricultura. A medida que los agricultores se tornan en quiebra, los efectos multiplicadores desestabilizan aún más las economías locales.

Demagogos populistas como Trump culpan a la pérdida de empleos exclusivamente al libre comercio y a los factores de volatilidad: sus críticos liberales también citan la automatización. Pero la financiarización ha sido claramente un factor central. En la década de 1980, los especialistas en adquisiciones apalancadas cargaron a las empresas con deudas, las desmembraron, recortaron salarios y pensiones y cobraron sus deudas. Un fabricante de una ciudad pequeña de Ohio incluso ordenó a los ejecutivos que vivieran en otro lugar, "para que no les molestaran las solicitudes de participación cívica o contribuciones caritativas".

Los grandes inversores también se enfocaron en los bancos de propiedad mutua, que impulsaron las economías de pequeñas ciudades. Los directores a menudo donaron a instituciones locales y algunas veces otorgaron préstamos basados ​​en la confianza en lugar de puntajes de crédito. A medida que las gigantes instituciones financieras tomaron el control, extrajeron riqueza de las comunidades, estableciendo criterios crediticios más estrictos, socavando las pequeñas empresas, creando 'desiertos bancarios' y forzando a los recién desembolsados ​​a convertirse en cobradores de cheques de alto costo y prestamistas de día de pago, frecuentemente financiados por grandes bancos. Durante 2008-2016, las áreas rurales, que tienen menos acceso a la banca por Internet y banda ancha, vieron 86 nuevos desiertos bancarios.

Al igual que los bancos mutuos, las cooperativas y las cooperativas de ahorro y crédito que reinvertían localmente las comunidades de riqueza producidas habían constituido un baluarte contra las corporaciones rapaces y las instituciones financieras. De las 3.346 cooperativas agrícolas (elevadores de granos y empacadoras, entre otras) que existían en 2000, 1.350 cerraron en 2015. De las más de 8.000 cooperativas de ahorro y crédito en 2007, más de dos mil cerraron en 2017.

Las tiendas y los comensales de propiedad familiar en las calles principales de las ciudades pequeñas eran sitios de contacto humano, invertían los beneficios a nivel local y proporcionaban ingresos y empleo a los agricultores y otros hogares rurales. A medida que proliferaban los centros comerciales y las cadenas de tiendas, esos negocios se marchitaban debido a la competencia implacable. Menos empresas pequeñas significan menos ingresos publicitarios para los periódicos locales, miles de los cuales cerraron en las últimas décadas, algunos sucumbieron a Internet y otros a la misma financiarización que estaba estrangulando industrias y bancos.

Más recientemente, los trabajos minoristas y de servicios con salarios bajos en cadenas y centros comerciales comenzaron a desaparecer debido al comercio electrónico. Escaparates vacíos, centros comerciales y periódicos desaparecidos no son solo signos de pérdida de empleo y precariedad económica. Los habitantes de las zonas de sacrificio los leen como crueles y dolorosos recordatorios de abandono y un tejido social triturado.

El peaje humano
En las últimas décadas, los gobiernos federales y estatales han eliminado los fondos de los servicios sociales de todo tipo. El cierre de hospitales rurales se duplicó entre 2011-12 y 2013-14. Las oficinas de correos también se están cerrando. Desde hace mucho tiempo han sido líneas de subsistencia para la población rural, sirviendo como lugares de encuentro, entregando medicinas esenciales, información y contacto humano.

Debido a que los impuestos a la propiedad son una fuente principal de financiación de la educación, cuando las bases impositivas y la población disminuyen, las escuelas -típicamente los centros de socialidad de las ciudades pequeñas- cierran, reducen o consolidan con los distritos adyacentes. El 30% de todos los cierres de escuelas en todo el país en 2011-12 se realizaron en áreas rurales. Más recientemente, la administración de Trump dejó que caduque la financiación de los centros de salud comunitarios utilizados por 26 millones de estadounidenses.

Como antes las comunidades vitales y los barrios vacíos, perdiendo sus instituciones y la capacidad de apropiarse de la riqueza que producen, la desesperación y la ansiedad desencadenaron la violencia y la adicción. El economista Umair Haque, en un mordaz ensayo sobre las "patologías sociales del colapso" -los tiroteos escolares, la epidemia de opiáceos, los "jubilados nómadas" que viven en sus automóviles con trabajos de bajos salarios, y la normalización de la indiferencia- concluye que "nosotros estamos subestimando groseramente lo que los expertos llaman el "peaje humano" '.

La escala del problema de los opiáceos y del dolor físico y emocional detrás de ella es asombrosa. En 2015, alrededor de 92 millones o el 38 por ciento de los adultos de los EE. UU. usaron opiáceos recetados, y 11.5 millones (4.7 por ciento) reportaron un uso indebido. En 2008-2017, las compañías farmacéuticas enviaron 20.8 millones de píldoras opioides a solo dos farmacias en un pueblo, con una población de 2.900, en gran parte rural de Virginia Occidental. Las sobredosis de drogas ahora matan a más personas que la violencia armada y los accidentes automovilísticos combinados.

Política de odio en comunidades destruídas y suburbios blancos
En las elecciones de 2016, Trump obtuvo el mejor desempeño en los condados con las tasas más altas de mortalidad por consumo de drogas, alcohol y suicidio. En 2017, por segundo año consecutivo, la esperanza de vida en los EE. UU. Disminuyó, en gran parte debido a las sobredosis de opiáceos y otras "muertes por desesperación". Los granjeros, en particular, se están matando a sí mismos en números récord.

Trump distinguió la ira, el miedo y la alienación en las zonas de sacrificio, pero dirigió sus arengas racistas y antiinmigrantes solo a sus habitantes blancos. El racismo de su club de campo, el autoritarismo descarado, el nacionalismo simplista, las promesas exageradas y las afirmaciones de ser un "líder fuerte" resuenan en las comunidades destruidas, así como entre los emprendedores de nouveau-riche y los acomodados suburbanos blancos, muchos de los cuales compraron demandas republicanas sobre la regulación "onerosa" de los negocios y se sintieron incómodos porque sus comunidades hasta entonces monocromáticas estaban siendo "invadidas" por inmigrantes adinerados y gente de color.

Trump repetidamente patologizó a los habitantes no blancos de las zonas de sacrificio, desplegando antiguas tropas de derechas sobre las minorías 'no merecedoras' que a su vez servían para justificar la agenda conservadora tradicional de reducir el gobierno y proteger los intereses de los súper ricos. Los gobiernos parecían incapaces o no dispuestos a abordar la convergencia de múltiples crisis -empleo, vivienda, educación, salud, comunidades en decadencia- y esto revivió los recuerdos de promesas incumplidas del pasado, incluidas las de las administraciones demócratas neoliberales. Esta sensación de abandono, junto con la movilidad descendente, hizo que los estadounidenses rurales blancos se volvieran receptivos a un candidato que se consideraba un "extraño".

Preguntas desafiantes
En la Iniciativa de Política Rural Emancipadora, activistas e investigadores están debatiendo cuestiones apremiantes.

¿Debería la resistencia en los EE. UU. tratar de ganarse a los partidarios de Trump, o es mejor trabajar para combatir la supresión de los votantes, particularmente de las minorías, luchar por la reforma del financiamiento de campaña y movilizar a las grandes poblaciones que se abstienen de la participación electoral? Los votantes evangélicos blancos y mujeres blancas dejarán de apoyar al crudo, misógino y filantrópico presidente? ¿O tiene un aliado flexible, conservador y racista en la Casa Blanca por encima de cualquier otra consideración?

¿Hasta qué punto el populismo autoritario mundial y estadounidense es una fachada para un proyecto estatal que invoca "valores familiares", formas retrógradas de masculinidad y heteronormatividad, y una visión excluyente de la nación para exacerbar las divisiones sociales, revertir las conquistas sociales, e intensificar la explotación de los seres humanos y el medio ambiente? ¿Es posible relegitimar la esfera pública y la inversión pública, financiada por impuestos progresivos, para crear una sociedad estable y más justa que brinde oportunidades para todos?

¿En qué medida los autócratas del mundo (Trump, Duterte, Erdoğan, Modi, Orbán, Putin, entre otros) son simplemente una colección mutuamente reforzada de gobernantes erráticos? ¿O están tomando forma como un eje populista autoritario global? Y, por último, ¿pueden los movimientos en diferentes países aprender unos de otros para resistir la ola autoritaria?

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